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La banca especula

Eric Toussaint

La banca especula con materias primas y alimentos

Mediante sus actividades de trading, los bancos son los principales especuladores en los mercados de contratación directa y a término de materias primas y de productos agrícolas, puesto que disponen de medios financieros netamente más grandes que los otros protagonistas en juego. Un corta visita a la web del Commodity business awards permite descubrir una lista de bancos y de corredores de bolsa que tienen un papel de primer orden en el mercado de commodities sea el mercado donde los bienes primarios se compran y venden físicamente o aquel de derivados que tienen como subyacentes las commodities.

Entre esos bancos, encontramos casi siempre a BNP Paribas, Morgan Stanley, Crédit Suisse, Deutsche Bank y Société General. Algunos van incluso más allá y se dotan de instrumentos para influir directamente en los stocks de materias primas. Es el caso del Crédit Suisse, que está asociado a Glencore-Xstrata, la mayor sociedad mundial de corretaje de materias primas. Entre los bancos europeos, BNP Paribas es, junto con Deutsche Bank, uno de los más influyentes en el mercado de commodities, y tiene un papel clave en el sector de los derivados sobre materias primas.

Varios bancos estadounidenses tienen estrategias que llegan más lejos que las de los europeos en el control de una parte del mercado de commodities. Se trata de JP Morgan, Morgan Stanley y Goldman Sachs. Por ejemplo, en Estados Unidos, JP Morgan importó 31 millones de barriles de petróleo durante los cuatro primeros meses de 2013. Los bancos estadounidenses son propietarios de refinerías de petróleo, centrales eléctricas, redes de distribución de energía, empresas de almacenamiento de metales, stock de productos agrícolas, empresas de explotación de gas de esquisto…

¿Cómo se llegó a esto? La Fed autorizó en 2003 al banco universal Citigroup la compra de la sociedad de corretaje Phibro, alegando que era normal completar la actividad del banco en el mercado de derivados de commodities con la posesión física de un stock de materias primas (petróleo, granos, gas, minerales, etc.). En cuanto a Morgan Stanley y Goldman Sachs, que hasta 2008 tenían el estatus de banco de negocios, desde 1999 y gracias a la ley de reforma bancaria que completó la abolición de la Glass Steagall Act, pudieron adquirir centrales eléctricas, barcos petroleros y otras infraestructuras. ¡Y es así como Morgan Stanley posee gabarras, barcos petroleros, oleoductos, terminales de petróleo y de gas!

Por su parte, JP Morgan compró la división commodities de RBS en 2010 por 1.700 millones de dólares, lo que le permitió adquirir 74 naves para almacenar metales, tanto en el Reino Unidos como en Estados Unidos, mientras que Goldman Sachs tiene 112 de éstas. Ambos bancos poseen en conjunto más naves de almacenamiento de metales que Glencore (quien posee 179). Tener naves de almacenamiento es fundamental: principalmente en el caso de una sociedad o un cártel de varias sociedades (por ejemplo, bancos) que quieren especular con el precio de un producto reteniéndolo el mayor tiempo posible para hacer subir su precio y luego deshacerse de éste y hacerlo bajar.

Eso es exactamente lo que está pasando en el mercado del aluminio desde 2008. Según una investigación llevada a cabo por The New York Times, tras la compra por Goldman Sachs en 2010 de los almacenes de aluminio de Detroit, el tiempo que se debía esperar para que libraran barras de aluminio pasó de 6 a 16 semanas. Los precios subieron (pese a que la oferta y el stock de este metal en el mercado mundial habían aumentado), lo que provocó fuertes reacciones en empresas que, como Coca Cola y la cervecera Miller, son grandes consumidores de aluminio para la fabricación de sus latas… Sólo con los ingresos del almacenamiento de aluminio en Detroit, Goldman se embolsó 220 millones de dólares.

Después de lograr jugosos beneficios manipulando los precios, los bancos más notables en el mercado físico de commodities han adoptado una estrategia de salida. Son tres las razones que los han empujado en esa dirección. En primer lugar, las autoridades de control se dieron cuenta de las manipulaciones que habían llevado a cabo varios bancos. JP Morgan, Barclays y Deutsche Bank tuvieron que pagar multas por varios asuntos relacionados con la manipulación del mercado de la electricidad en California. JP Morgan aceptó pagar una multa de 410 millones de dólares en este proceso, que todavía no ha terminado.

Las autoridades estadounidenses, bajo la presión de sociedades en competencia con los bancos y dada la impopularidad de los banqueros ante el gran público, pensaron seriamente en limitar las actividades de los bancos en el mercado físico de commodities. En segundo lugar, los beneficios que obtienen los bancos con sus actividades en este mercado comenzaron a bajar desde 2011-2012, ya que los precios de las materias primas tienen tendencia a disminuir. Y en tercer lugar, el capital principal (Core Tier 1) requerido para inversiones en las empresas de corretaje es mayor que en otras inversiones (como, por ejemplo, las de deuda soberana).

De pronto, al tener los bancos que aumentar su ratio de fondos propios/activos ponderados para continuar en ese negocio, han calculado que era mejor abandonar todo o parte de sus inversiones en el mercado físico de commodities. Un asunto al que debemos estar atentos. Por supuesto, los bancos se mantendrán activos en los mercados de derivados de commodities y en los segmentos de mercados financieros relacionados con las materias primas. Su capacidad para perjudicar es y continuará siendo muy considerable si no se toman medidas radicales.

Estos bancos son actores de primer orden en el desarrollo de la burbuja especulativa que se ha formado en el mercado de commodities. Cuando estalle, el efecto bumerán provocará nuevos estragos sobre la salud de los bancos. También se debe tener en cuenta el desastre real, y mucho más grave, que sufrirán las poblaciones de los países del Sur exportadores de materias primas. El conjunto de los pueblos del Planeta se verá afectado de una u otra manera.

Volvamos a considerar el papel fundamental de la especulación en la escalada de los precios de los alimentos y del petróleo en 2007-2008
La especulación en los principales mercados de Estados Unidos, donde se negocian los precios mundiales de bienes primarios (productos agrarios y materias primas) tuvo un papel decisivo en la escalada brutal de los precios de los alimentos en 2001-2008. Esta alza de precios provocó un aumento dramático del número de personas con nutrición deficiente: más de 140 millones en un año. Y más de mil millones de seres humanos (una de cada siete personas) sufren hambre. Quienes generan este hambre no son francotiradores, sino son los inversores institucionales (los llamados zinzins: bancos, fondos de pensiones, fondos de inversiones, aseguradoras), las grandes sociedades de comercialización como Cargill. Los hedge funds también intervinieron, aunque su peso fue bastante inferior al de los inversores institucionales.

Michael W. Masters, que dirigía desde hacía doce años un hedge fund en Wall Street, explicó claramente el nefasto papel de esos inversores institucionales en un testimonio, presentado el 20 de mayo de 2008, ante una comisión del Congreso en Washington, encargada de investigar el posible rol de la especulación en el alza de precios de los productos básicos. Con ocasión de esta comparecencia declaró: «Vosotros habéis planteado la pregunta: ¿Contribuyeron los inversores institucionales a la inflación de precios de los alimentos y la energía? Mi respuesta, inequívocament, es SÍ».

En este testimonio, que sienta cátedra, explica que el aumento de precios de los alimentos y la energía no se debe a una insuficiente oferta, sino a un aumento brutal de la demanda proveniente de los nuevos actores en los mercados a término de los bienes primarios (commodities), donde se negocian los «futuros». En ese mercado, también llamado de contratos a término, los intervinientes compran la producción futura: por ejemplo, la próxima cosecha de trigo, el petróleo que se producirá en 6 meses o en 5 años vista, etc.

En el pasado, los principales intervinientes en este tipo de mercado eran empresas que tenían un interés específico relacionado con su actividad, respecto a uno de esos bienes primarios. Podría tratarse, por ejemplo, de una compañía aérea que compra el petróleo que necesita o una alimentaría que se procura cereales. Michael W. Masters señala que, en Estados Unidos, los capitales asignados por los inversores institucionales al segmento «index trading» de bienes primarios en los mercados a término pasaron de 13.000 millones de dólares a fines de 2003 a 260.000 millones de dólares en marzo de 2008. Los precios de los 25 bienes primarios cotizados en estos mercados subieron el 183 % durante ese mismo período.

También explica que se trata de un mercado limitado, en el que basta que los inversores institucionales —tales como los fondos de pensiones o bancos— asignen un 2 % de sus activos para alterar su funcionamiento. En 2004, el valor total de los contratos de futuros concernientes a 25 bienes primarios se elevaba sólo a 180.000 millones de dólares. Y esto se puede comparar con el mercado mundial de acciones que era de 44 billones de dólares, o sea 240 veces más. Michael W. Masters indica que ese año, los inversores institucionales invirtieron 25.000 millones de dólares en el mercado de futuros, lo que representa el 14 % de dicho mercado. Nos demuestra que durante el primer trimestre de 2008, los inversores institucionales aumentaron de manera importante sus inversiones en este mercado: 55.000 millones de dólares en 52 días hábiles. ¡Suficiente para una brutal escalada de precios!

Los precios de los bienes primarios en el mercado a término repercuten inmediatamente en los precios corrientes de esos bienes. Así, cuando los inversores institucionales compraron cantidades enormes de maíz y trigo en 2007-2008, fue inmediata el alza desmesurada de los precios de estos productos.

Señalemos que, en 2008, el órgano de control de los mercados a término, la Commodity Futures Trading Commission (CFTC) calculó que los inversores institucionales no podían considerarse especuladores. La CFTC definió los zinzins como participantes comerciales en los mercados («commercial market participants»). Esto le permitía afirmar a esa comisión que la especulación no tenía ningún papel significativo en la escalada de precios. Masters hace una crítica severa de la CFTC, pero es sobre todo Michael Greenberger, profesor de derecho en la universidad de Maryland y director de un departamento de la CFTC de 1997 a 1999 quien, con su testimonio ante la comisión del Senado del 3 de junio de 2008, criticó el laxismo de sus dirigentes, quienes hacen la vista gorda frente a la manipulación de precios de la energía por parte de los inversores institucionales.

Y cita una serie de declaraciones de esos dirigentes digna de figurar en una antología de la hipocresía y de la estupidez humana. Según Michael Greenberger, entre el 80% y el 90 % de las transacciones en las bolsas en el sector de la energía de las bolsas estadounidenses son especulativas. Su experiencia y capacidad sobre el tema es indudable.
El 22 de septiembre de 2008, en plena tormenta financiera en Estados Unidos, mientras el presidente Bush anunciaba un plan de rescate para los bancos consistente en inyectarles 700.000 millones de dólares (sin contar con la enorme liquidez que ya había sido puesta a su disposición), el precio de la soja sufrió un aumento especulativo del 61,5 %.

Jacques Berthelot señala también el papel crucial que tiene la especulación de la banca en la escalada de los precios agrícolas mundiales. Pone como ejemplo el banco belga KBC, que llevó a cabo una campaña publicitaria para vender un nuevo producto comercial: una inversión para ahorradores en seis materias primas agrícolas. El fondo de inversión «KBC-Life MI Security Food Prices 3» capta clientes con un lema cínico: « ¡Sacad provecho del alza de precios de los productos alimentarios!». Esta publicidad presenta como una «oportunidad» la «penuria de agua y de tierras agrícolas explotables», que tiene como consecuencia «una penuria de productos alimentarios y un alza del precio de los alimentos».

La justicia estadounidense piensa que los especuladores están en su derecho. Paul Jorion, en una opinión publicada en Le Monde, cuestiona la decisión de un tribunal de Washington, que invalidó el 29 de septiembre de 2012 las medidas tomadas por la CFTC «que tenían por fin limitar el volumen de las posiciones que un interviniente puede tomar en el mercado a término de materias primas, cuyo objetivo es evitar que un solo interviniente lo pueda desequilibrar.

Jean Ziegler, ex relator de las Naciones Unidas para el derecho a la alimentación, expresa sin eufemismos: «La crisis financiera de 2007-2008 provocada por el bandidismo bancario tuvo principalmente dos consecuencias. Primera, los fondos especulativos (hedge funds) y los grandes bancos se desplazaron después de 2008 hacia los mercados de bienes primarios, en especial a los de materias primas agrícolas, abandonando algunos sectores de los mercados financieros. Los precios de los tres alimentos de base (el maíz, el arroz y el trigo), que cubren el 75 % del consumo mundial, explotaron. En 18 meses, el precio del maíz aumentó un 93 %, la tonelada de arroz pasó de 105 a 1.100 dólares y la tonelada de trigo harinero duplicó su precio desde septiembre de 2012, superando los 271 euros. Esta escalada de precios genera beneficios astronómicos a los especuladores, pero mata en los barrios miserables a centenas de miles de mujeres, de niños, de hombres. La segunda consecuencia es la fiebre de los hedge funds y otros especuladores por las tierras cultivables del hemisferio sur. Según el Banco Mundial, en 2011, 41 millones de hectáreas de tierras cultivables fueron acaparadas por fondos de inversiones y multinacionales únicamente en África. Y el resultado fue la expulsión de los campesinos.»

En febrero de 2013, en un informe titulado «Esos bancos que especulan con el hambre», la ONG Oxfam en Francia señaló que los cuatro principales bancos galos —BNP Paribas; Société Générale; Crédit Agricole y Natixis (BPCE)— gestionaban para sus clientes, en noviembre de 2012, al menos 18 fondos que especulaban con materias primas. «Hay dos maneras de especular -explica Clara Jamart, responsable de seguridad alimentaria en Oxfam Francia- una, tomando posiciones en los mercados de productos derivados de materias agrícolas; o mediante esos fondos índice, que siguen los precios de las materias primas agrícolas y los empujan al alza.». La mayoría de esos fondos fueron creados tras el comienzo de la crisis alimentaria de 2008, con el manifiesto objetivo de obtener beneficios especulando con alimentos y otras commodities.

En Bruselas, la Red Financiación Alternativa (Réseau Financement Alternatif) también denunció en 2013 la implicación de 6 bancos activos en Bélgica en la especulación con el hambre en el mundo. Cerca de 950 millones de euros provenientes de clientes de bancos belgas sirvieron para especular con las materias primas alimentarias.
Se debe acabar con este orden de cosas, y ofrecemos 22 propuestas para establecer una alternativa a la crisis alimentaria:

Prohibir la especulación con la alimentación: es un crimen especular con la vida de la gente y, por tanto, los gobiernos y las instituciones internacionales deben prohibir las inversiones especulativas con los productos del agro.

Prohibir los derivados sobre las commodities.
• Prohibir a los bancos y a otras sociedades financieras privadas intervenir en el mercado de commodities.
• Socializar la banca, bajo control ciudadano, dándole principalmente como misión la financiación de proyectos agrícolas que favorezcan la soberanía alimentaria y que dé prioridad a las pequeñas explotaciones familiares, a las cooperativas y al sector agrícola público.
• Establecer o restablecer organizaciones internacionales para la regulación de mercados y de producciones de los principales productos de exportación (cárteles de países productores, por ejemplo, en los sectores del café, del cacao, de los plátanos, del té, etc.) y garantizar así precios estables en el ámbito internacional.
• Acabar con los planes de ajuste estructural (PAE), que obligan a los Estados a renunciar a su soberanía alimentaria.
• Proscribir el acaparamiento de tierras.
• Emprender reformas agrarias globales (por supuesto sobre la tierra, pero también sobre el agua y las semillas) para garantizar a los campesinos y campesinas que producen los alimentos para la población tengan acceso a los recursos agrícolas, y no a las grandes empresas que producen para la exportación.
• Introducir en el derecho internacional —principalmente en el Pacto Internacional de los derechos económicos, sociales y culturales (PIDESC) — el derecho a la soberanía alimentaria, para que sea reconocido el derecho de todos los países a desarrollar sus propias políticas agrícolas y a proteger su agricultura, sin perjudicar a otros países
• Acabar con los mecanismos esclavizantes de la deuda pública externa o interna, dominada por los bancos privados, y acabar también con el sometimiento que sufren las familias campesinas por los prestamistas privados.
• Establecer una moratoria para los agrocombustibles industriales; proscribir los organismos genéticamente modificados.
• Reformar la Política Agrícola Común de la Unión Europea y la Farm Bill de Estados Unidos, que tienen efectos devastadores sobre el equilibrio de los mercados agrícolas.
• No firmar, y si eso no fuera posible, denunciar los acuerdos de libre comercio, multilaterales y bilaterales (TLC y APC), que se oponen a la soberanía alimentaria.
• Establecer o restablecer las protecciones aduaneras frente a las importaciones agrícolas.
• Reconstituir las reservas alimentarias públicas de todos los países.
• Restablecer los mecanismos de garantía de los precios agrícolas.
• Desarrollar políticas de control de la producción para estabilizar los precios agrícolas.
• Controlar el margen de los intermediarios.

La seguridad alimentaria de todos y todas depende de precios agrícolas estables, que cubran los gastos de producción y garanticen una remuneración decente para los productores. El modelo de los precios agrícolas bajos, promovidos por los gobiernos para aumentar el consumo de masa de productos manufacturados y de servicios (turismo, diversión, telecomunicaciones, etc.) no es duradero, ni en el plano social ni en el plano ambiental. Ese modelo beneficia esencialmente a las grandes empresas del agrobusiness, a los bancos privados y, al desviar las expectativas democráticas de las poblaciones hacia el consumo de masa, a las elites políticas y económicas de los países, que confiscan el poder.

Frente a las crisis alimentarias y ambientales actuales son indispensables y urgentes los cambios radicales. Las proposiciones expuestas ofrecen pistas para políticas agrícolas y comerciales basadas en la soberanía alimentaria y permitirían una estabilización de los precios agrícolas a unos niveles capaces de asegurar una producción de alimentos duradera en la gran mayoría de países del mundo.

En el plano local, conviene agregar:
• Sostener la producción agrícola local, especialmente apoyando la actividad agrícola y facilitando los mecanismos de crédito para los pequeños productores, hombres y mujeres.
• Sostener y desarrollar circuitos de comercialización directos/cortos entre productores y consumidores con el fin de garantizar precios justos para los campesinos y asequibles para el consumidor.
• Alentar a la población al consumo de productos locales.
• Apoyar modos de producción más autónomos con respecto a los insumos químicos, y así, menos sujetos a las variaciones en los costes de producción (una crianza basada en la hierba en lugar de en maíz o soja).

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