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La sospecha de cohecho fulmina al presidente alemán


La dimisión es un golpe político para Merkel, que presionó para nombrarlo


*** El presidente renuncia por "el deterioro de la confianza de los ciudadanos"
Berlín
La crisis del presidente Christian Wulff se ha alargado tanto que parecía incapaz de costarle el puesto.

Llevaba desde diciembre demostrando considerable pericia en lo que aquí llaman “sentarse sobre el problema”: aferrarse al sillón y doblar la cerviz hasta que amaine. Pero el sillón dejó de sostenerlo el jueves a las ocho de la tarde, cuando la Fiscalía de Hanóver pidió el levantamiento de su inmunidad para investigar si cometió delitos en su relación con el empresario cinematográfico David Groenewold.

Entre otros pequeños favores económicos, el también sospechoso Groenewald le pagó sus vacaciones en 2007, poco después de que una de sus empresas obtuviera un aval millonario del Estado de Baja Sajonia. El democristiano Wulff gobernó el land entre 2003 y 2010. Los fiscales ven indicios de cohecho y de tráfico de influencias. Nunca antes se había solicitado legalmente la suspensión de la inmunidad del jefe del Estado. Wulff la perdió a las once de la mañana del viernes, junto a su puesto. La fiscalía investigará desde hoy si hay pruebas para imputar al ya expresidente.

La presidencia federal es un cargo meramente representativo, ajeno al trajín político diario. Wulff ya llegó con mal pie: los socialdemócratas propusieron junto a Los Verdes al opositor de la República Democrática Alemania Joachim Gauck, un independiente cuyas posiciones políticas son cercanas a las de la Unión Demócrata Cristiana de la canciller Angela Merkel. La canciller tuvo grandes dificultades para hacer valer su mayoría en la Asamblea Federal, compuesta por el Bundestag (Cámara baja) y representantes de los Estados federados. En mayo de 2010, muchos delegados democristianos y de sus socios liberales aprovecharon la elección para mandarle una señal a Merkel. Fueron necesarias tres rondas de votaciones para que el gris Wulff se impusiera al reconocido Gauck.

Desde entonces, Wulff ha cumplido su tarea con una monotonía rota en escasas ocasiones. El día de la fiesta nacional de 2010 declaró que “el Islam es parte de Alemania”. Parecería una obviedad en un país con varios millones de ciudadanos musulmanes, pero en Alemania levantó una agria polémica sobre la integración de los inmigrantes y los “valores culturales” de la nación. Haberse enfrentado así al sector más reaccionario de su partido y al racismo cotidiano en Alemania quedará entre los escasos hechos memorables del mandato de Wulff, quien pasó buena parte de sus 598 días en el cargo tratando de emular, junto a Bettina, a la pareja presidencial francesa en las páginas rosa de la prensa alemana.

Ayer, en el palacio presidencial de Bellevue, Wulff se mostró optimista sobre el resultado de la investigación judicial. Si bien reconocía haber “cometido errores”, insiste en que su comportamiento “siempre ha sido acorde con la ley”. Pero la propia naturaleza formal del puesto obliga a que el presidente “mantenga la confianza de la gran mayoría” en su país. Haberla perdido “hace imposible” su ejercicio del cargo “dentro y fuera de Alemania”. Elpais.com