Una revolución civil

Nada más acabar la manifestación, decenas de jóvenes me rodean y tratan desesperadamente de hablar con sus cuatro palabras de inglés. Todos me muestran sus cicatrices, las marcas de los porrazos, las quemaduras eléctricas, las huellas dejadas por las balas o los obuses. El hermano de uno murió por disparos de un francotirador cuando cruzaba la calle, la madre de otro, en un bombardeo; todo el mundo quiere contar todo sin esperar. Agitan sus teléfonos: "¡Chouf, chouf, mira!" Un cadáver cubierto de señales de torturas, otro con el cráneo hundido, otro en el que la cámara se detiene en cada herida, agujeros en la ingle, en la pierna, en el pecho, en la garganta. En todas partes me enseñan las mismas cosas. En un puesto de primeros auxilios en al Khaldiye, al norte de la ciudad, el smartphone de una joven enfermera aparece incluso antes que el té: en la pantalla, un hombre agoniza entre las manos de un médico que intenta entubarlo sin remedio, directamente sobre el suelo, al pie de este sofá en el que estoy sentado. Era taxista, recibió una bala en el rostro y quedó tumbado en medio de un inmenso charco de sangre, con el cerebro desparramado. "¿Ves esas manos?", dice la enfermera. "Soy yo". Pasa al siguiente vídeo, llega el té y lo bebo sin quitar los ojos de la pantalla. En Homs, cada teléfono es un museo de los horrores.
Esa misma tarde, todavía en al Khaldiye, otra manifestación. En un rincón de la plaza central domina una copia en madera, pintada en blanco y negro y cubierta de fotos de mártires, del célebre viejo reloj de Homs, que data de la época colonial francesa; este es ahora el "centro de la ciudad". En este mismo lugar se producirá la matanza del 3 de febrero, al día siguiente de mi partida, alrededor de 150 muertos por el impacto de obuses. Una gran bandera deja clara la lealtad de los manifestantes al Consejo Nacional Sirio: "No a la oposición imaginaria, inventada por las pandillas de El Asad. El CNS nos une, las facciones nos dispersan". Alrededor de nosotros, montañas de basura obstaculizan las calles; desde el inicio de la revuelta, el Ayuntamiento ha dejado de enviar basureros a los barrios de la oposición. Los cantos y los bailes, que adoptan la forma de zikr, las danzas místicas de los sufíes, enardecen a la multitud, y los dirigentes proponen nuevos eslóganes: "¡Idlib, estamos contigo! ¡Tbilisi, estamos contigo! ¡Rastán, estamos contigo hasta la muerte!". El deseo de unidad de las comunidades frente al régimen se hace explícito: "¡No nos rebelamos contra los alauíes ni los cristianos! ¡El pueblo sirio es uno solo!" "Wahad, wahad, al-shaab al-suri wahad !", grita la muchedumbre, "¡El pueblo sirio es uno solo!". De pie, a hombros de un hombre, un niño pelirrojo de unos 10 años, llamado Mahmud, dirige al grupo que grita el hit culto del poeta asesinado Ibrahim Qashoush, "¡Vete, Bashar!".
Lo que llama la atención, en estas exuberantes manifestaciones, es la extraordinaria energía que desprenden. No solo sirven de liberación y desahogo colectivo de toda la tensión acumulada día tras día; además renuevan la energía de los participantes, les dan una dosis diaria de vigor y coraje para seguir soportando los asesinatos, las heridas y los duelos. El grupo genera la energía y cada individuo la reabsorbe, como también la absorbe de la música y las danzas. No son meros desafíos, meras consignas, son también, como el zikr sufí, generadores y captadores de fuerza. La revolución siria, cosa rara, no se sostiene solo gracias a las armas del ELS, ni siquiera por el valor de los rebeldes, sino también por la alegría, el canto y el baile.
El Pais




